sábado, 12 de junio de 2010

congelada por inercia


la estupidez me acolarra, las palabras se retuercen.
no hay funcionalidad en mi cabeza,
los ojos no brillan,
las manos transpiran.
es la antítesis personificada de la velocidad
la que me aterra, la que me enloquece
y las palabras se ordenan
de forma alegórica a lo que no quiero hacer.
y los bemoles se sumergen
y las corcheas se detienen.

no tengo vocación de poeta.
tampoco nací poeta.
tampoco entiendo poesía.
antipoesía
o colafría para las pestañas
y así atarmelas a los pies
continuar haciendo historias
pero enjaulada al suelo
en posición fetal
lista para nacer
otra vez
o convertirme en renacuajo
un renacuajo epiléptico.

me congelé de cenizas
se incendiaron los segundos
pero todo trascurre lentamente
aunque yo no permanezca
aunque el renacuajo mueva su cola
aunque los muñecos tomen vida propia
me congelé de la flagelación
de palabras que se entremezclaron
y no supe escribir
no hay motivo ni inspiración
ni esfuerzo.

quedé petrificada por la inercia del movimiento.

donde escondiste el mar


donde suele quedarse el lamento innato
ahí se espera, tranquilo, admirante

yo suelo pensarte de vez en cuando
sutileza de esplendor
silencio atronador

aún

no sé donde escondiste el mar y nuestro universo
no sé donde escondiste los mejores recuerdos
ahí perdidos en la alucinante marea de intrigas callejeras

donde escondiste el mar,
donde escondiste el mar.

fuiste buena consejera de espantos
buena amiga de amargos compases
yo un pez encandilante en tu acuario de doncella
que te miraba todas las noches con la mayor sutileza

quería desnudarte de congojas humanas
la luna en tu cama
la estrella en tu almohada
mi cuerpo en el tuyo, por años...

mírame!
aquí estoy alucinada de tus fantasmas oblicuos
aun te pienso hasta en la noche más clara
aún duermo contigo, hasta en el sueño más profundo

aunque enamorada de otros, aún sigo buscándote
te llevaste las mareas de relámpagos intrusos
en tu habitación
el cielo compuesto de agua con notas paralizadas
en el movimiento submarino
junto a los deseos marítimos
te lo llevaste

te llevaste el encanto y el mar

yo no quiero volar, sólo aprendí a nadar
y tú lo sabes,
mi cielo era tu mar tu mar era mi cielo
nuestros movimientos musicales se componían
del esplendor de las olas en esparcimiento

dónde escondiste el mar
dónde escondiste el mar
dónde,
dónde

dónde escondiste el universo.

martes, 1 de junio de 2010

La pieza sola y los fantasmas


La reina japonesa se enamoró de la sirena nadadora que perdió las semifusas en una partitura que ya no recuerdo pero que sé que resplandece de vez en cuando. No resplandece de brillo, resplandece de sangre. De un destello rojo, de una luz que enceguece los ojos de quien la vislumbre, de quien la encuentre.
Ella, quiso salir a jugar al patio, a saltar el luche y dibujar con tiza los recuerdos y los girasoles que plasmaron juntas en una banca. Ella y cuando hablo de ella no se a quien me refiero. Estaba escrito en una partitura que no recuerdo pero que sé que resplandece de vez en cuando. No resplandece de brillo, resplandece de sangre. De un destello rojo, de una luz que conmueve a quien lo detenga, a quien lo retrate.

La cuidad y sus esquinas estaban perdidas en un sueño que ella deshacía cada vez que permitía que las pesadillas acobardaran su cabeza. Cuando por las noches intentaba suspender las llamadas telefónicas de Bolaño y perpetuar el sentido de lo humano de un Humberto Maturana callado de frío, que, se impacientaba ante la desfiguración de una poesía en decadencia que no hablaba de muerte ni nombres falsos, que no comentaba ni a Chile ni a sus abrazos, que se hacía llamar Sasha y recobraba los anonimatos de aquel que se cambia el nombre, de aquel que se pierde en un puerto de Valparaíso, ya no hijo de ladrón, ya no hijo de carnicero, ya no hijo, más bien, padre ausente. Permanecían aisladas, las esquinas, pues, en callejones sin salida, en muros sin paredes, baños sin retretes, en imágenes perpetuas pero viciosas de pesadillas y llamadas telefónicas ausentes.
Los árboles y las bancas quedaban encerrados en una acuarela sin agua, porque ella misma aceite le entregaba, la llenaba de parafina y la incendiaba de cosas mártires, de asuntos que brindaron honores sin brindar nada pues para ella no existe el honor de las acciones, porque para ella no existen verdades, ya no cree en nada o no le cree a nada. Prefiere sucumbir ante el tormento de un García Madero sin María, de un Alberto Belano sin realvisceralismo, sin la pornografía de un feminismo malentendido de las hermanitas sin nombre plasmado en fotografías de un Gastón Acosta sin comedia del arte, sin la velocidad e instantaneidad del futurismo fascista, pues se olvida que es un recuerdo dado por dos y que de a dos se destruye no de a cero, no existimos en superioridad ni en raza.

Ella, mientras tanto, quiso salir a recorrer la pieza vacía, para cantar sílabas, conversar de sucesiones anecdóticas, de murmullos antiguos, de promesas que se desfiguraron en la nada absoluta, anacrónica y disfónica .Pero cuando a ella me refiero no se muy bien de quien estoy hablando. Estaba escrito en una partitura que no recuerdo pero que sé que resplandece de vez en cuando. No resplandece de brillo, resplandece de sangre. De un destello rojo, de una luz que deshace los labios de quien la toque, de quien la brote.

Y su voz sube un poquito de tono. Es más agudo el ángulo que subtiende en las palabras, de ella y de ella. Son dos ella, son doncellas. La reina japonesa se enamoró de la sirena nadadora y salen a recorrer fantasmas en una pieza sin nombre que se olvidó de retratar fenómenos y que dejó en blanco un libro de historias, no porque borró su partitura sino porque quiso convertirse en fantasma, la pieza sin nombre, quiso que se recorrieran despacio, las doncellas amantes, sin hacer ruidos, que se atravesaran intactas, sin hacer nudos en sus pies para que pudieran caminar tranquilas de regreso a la partitura no encontrada y buscarla bajo escombros sin hacerse daño, silenciosas e intactas, las doncellas de la página del libro de historias sin partituras borradas. Talvez, se piensa, que consiguieron hacerse una, que por eso no es posible el desmembramiento.
Porque La sirena nadadora se enamoró de la reina japonesa que perdió los sol menor sostenido en una partitura que ya no recuerdo pero que sé que resplandece de vez en cuando. No resplandece de brillo, resplandece de sangre. De un destello rojo, de una luz que enceguece los ojos de quien la vislumbre, de quien la retrate para constituir una obra de arte.